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Desde Bilbao a Anantapur con escala en Celia y Manu

Cada persona que contribuye con 15 euros al proyecto '113 vacas, 113 mujeres, 113 familias'se lleva un brick

Cada persona que contribuye con 15 euros al proyecto '113 vacas, 113 mujeres, 113 familias' se lleva un brick.

Son como tú y como yo. Y eso dice mucho de ellos. De él y de ella. De Celia y de Manu. Les conocí hace menos de un año y su visión de la solidaridad y de la cooperación al desarrollo me fascinó. No son los primeros y ojalá no sean los últimos porque nos hace falta mucha gente así. Personas que desde su casa, su bar, su pequeña parcela se impliquen. Ellos demuestran que no hace falta mucho para ayudar a otros. Sólo determinación, ganas y corazón.

Y así con mucha determinación y, sobre todo con mucho corazón, Celia y Manu han levantado ya seis proyectos en Anantapur (India). Que sí dotar de bicicletas a las niñas para que puedan ir al colegio. Toma 22.000 euros. Que si 1.400 niños necesitan papilla para un año. Toma proyecto del huevo por 3.000 euros. Que si hay que enseñar a 41 mujeres a manejar telares eléctricos. Toma 34.000 euros. Que si hacen falta 16 enfermeras para hacer una atención primaria. Toma 2.300 euros. Que si hay que construir casas para que las personas con discapacidad tengan mayor calidad de vida. Toma otros 18.000 euros.

Todos los proyectos del 'Rincón Solidario' en la Cafetería Lepanto tienen su panel explicativo

Todos los proyectos del 'Rincón Solidario' en la Cafetería Lepanto tienen su mural explicativo

Y lo mejor es que esos ‘toma’ son literales. Cada proyecto está centralizado en la Cafetería Lepanto que regenta Manu. Y hasta allí van gentes de todos los niveles y pelajes para hacer su contribución. Uno o una se acerca, se toma un café y contempla en un gran mural el proyecto solidario que la pareja pretende hacer realidad (además de preciosas fotos de Anantapur). Este año toca comprar vacas. Sí, sí, 113 vacas para 113 mujeres y 113 familias. Necesitan 28.000 euros.
Las últimas noticias que tengo de Celia es que en catorce días han conseguido 10.000 euros. Y me alegro. Por ellos. Por la gente de Anantapur. Y sobre todo porque todavía haya personas que se vayan a tomar un café y se rasquen el bolsillo en busca de 15 euros para que viaje miles de kilómetros. Tal y como están las cosas es un triunfo.

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Homenaje a Irena Sendler

Imagen de Irena Sendler en 2007./Radek Pietruszka (EFE)

Imagen de Irena Sendler en 2007./Radek Pietruszka (EFE)

Tengo una amiga que dice que, como en tantas otras facetas, la Historia no es la misma para hombres y mujeres, no nos juzga igual, no nos da la misma importancia y, por tanto, no nos pone en el mismo lugar. Pensaba en esto hace unos meses mientras leía una pequeña información sobre la profanación de la tumba de Irena Sendler. Vaya por delante que yo, mujer, universitaria y periodista, no conocía su historia.

¿Os acordais de Oskar Schindler? Posiblemente al mismo tiempo que el empresario alemán salvaba a judíos polacos en su fábrica de utensilios de cocina, Irena Sendler, aprovechando su trabajo de enfermera, caminaba por las calles del gueto de Varsovia con una estrella de David bien visible e intentaba sacar a algún niño del horror nazi. Como Schindler, esta mujer utilizaba cualquier método a su alcance para salvar una vida más en plena Segunda Guerra Mundial. Maletas, sacos de patatas, ambulancias y hasta ataúdes sirvieron a Irena para confeccionar su particular lista de chiquillos rescatados.

Oskar Schindler tiene su sitio privilegiado en la Historia y su propia película. Todos y todas conocemos su gran trabajo. Dicen que salvó a más de un millar de judíos de una muerte segura. Irena Sendler hizó lo mismo con más de 2.500 niños y niñas. ¿Dónde está su pedestal, su sitio, su película? Cuando murió en 2008, algunos periódicos -desafortunadamente para mi gusto- la bautizaron ‘la Schindler polaca’ como si su humanidad y su hazaña no mereciesen un espacio propio.

Tiene razón mi amiga. La Historia parece tener una vara de medir diferente que, desgraciadamente, hace que luzcan más las historias de ellos.  Por cierto, que Irena Sendler fue candidata al Nobel de la Paz en 2007, pero finalmente se lo llevó… Al Gore.


A su aire

Maite, Koldo, Mikel, Sara, Sandra y Cris

Maite, Koldo, Mikel, Sara, Sandra y Cris

A lo largo de nuestra vida, todos, en un momento dado, queremos estar a nuestro aire. Es lo natural. Tener una casa, vivir independiente, ser autónomo, no depender de nuestros padres, ganar nuestro dinero. Lo que no es natural es no hacerlo. Y lo que es peor es no poder hacerlo. Pero, sin duda, lo que es todavía peor, casi una tragedia, es que nadie crea que puedes hacerlo.

Las personas con discapacidad intelectual y síndrome de Down llevan años enfrentándose a una de estas tres opciones: no vivir solos, no poder vivir solos o que nadie crea que pueden vivir solos. Quizás acostumbrados a ejemplos deslumbrantes, nos olvidamos muchas veces del común de jóvenes que simplemente quieren hacer su vida como el resto. Es fácil creer en una persona en concreto, admirarla, pero es difícil -o a mí me lo parece- luchar por todo un conjunto.

Hace unas semanas conocí a Maite, Cris, Sandra, Sara, Koldo y Mikel. Descubrí que sus sueños no son muy diferentes a los míos, pero que les vas a costar mucho más conseguirlos. Lo que para mí es natural, para ellos es algo así como ir contracorriente. Ellos viven solos o se están preparando para ello, pero me pregunto que pasaría si la Fundación Síndrome de Down del País Vasco no estuviese ahí apoyándoles en todo.

¿Alquilaría usted, amable propietario, su vivienda a un chico o chica con Síndrome de Down aunque le presentase una nómina? Creo que no. ¿Contrataría usted, amable empresario, a una persona con discapacidad intelectual? Me da que tampoco.

Por eso admiro a Maite, Cris, Sandra, Sara, Koldo y Mikel porque creen en ellos mismos. Y por eso admiro a la Fundación porque hace posible que otros creamos en ellos. Sin unos y otros, estaríamos perdidos.


Un ejemplo para todos

Hace escasas fechas se celebró en Bilbao el congreso ‘Lo que de verdad importa’. Reconforta saber que 800 jóvenes se acercaron al Palacio Euskalduna a escuchar historias de verdad. Entre ellas, la de Pablo Pineda. Primer licenciado europeo con síndrome de Down, Premio Donostia al mejor actor y, sobre todo, persona combativa. Es un gusto oirle hablar de esfuerzo, superación, autonomía, normalidad.

No es un ejemplo para las personas con síndrome de Down. Es un ejemplo para todos.

Ya quisiera yo, con su misma edad, haber hecho la mitad de cosas que ha hecho él.

Lo dicho. Un ejemplo para TODOS y TODAS.


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