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Descubriendo el decrecimiento

Nunca me había fijado, la verdad, pero el otro día fuí al banco y comprobé que financian todo tipo de productos y hasta cosas absurdas: un coche, una moto, un viaje en verano, un viaje en invierno, un robot de cocina, un purificador de agua, un televisor… Fijáos un día cuando vayais a hacer alguna gestión. No sé si en ausencia de nuevas hipotecas, los bancos nos proponen esta forma de metadona.

Supongo que nos hemos acostumbrado a este ficticio estado de bienestar de felicidad a plazos que no estoy tan segura de que tenga los días contados. La verdad que no sé si la crisis supondrá realmente un cambio de valores o saldremos de ella con hambre atrasada.

Hay quien piensa (no me atrevo a decir si son muchos o pocos) que ha llegado la hora de dejar de crecer, de acumular, de producir, de consumir. De trabajar menos, ganar menos, tener menos y, sobre todo, querer menos a cambio de ser más felices. Decrecimiento y simplicidad voluntaria en pro de un buen vivir.

Suena genial. Es tan de sentido común que cuesta no contagiarse. El problema es que actualmente sigue siendo una tendencia contracorriente. No obstante, merece la pena ahondar en esta nueva teoría socioeconómica que quizás sea el nuevo paradigma de nuestros hijos y nietos.

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Banquero, tú tienes billetes y yo un agujero

La semana pasada me llamaron la atención dos noticias sobre la crisis. Dos informaciones que a muchos nos congracian con la Justicia (real, moral y hasta poética). La tan nombrada y larga recesión está dejando a mucha gente literalmente sin nada y cargada de deudas. La historia parece repetirse en cualquier punto del país. Uno o una sueña con un pisito, el banco se lo pone fácil a pesar del precio, se lo compra, lo estrena, lo disfruta tal vez un par de años, llega 2007, todo se derrumba, llega el paro, no puede pagar y ese uno o una se queda sin su pisito que pasa a ser del banco. Lo peor llega cuando además de quedarse en la calle, ese uno o una se da cuenta de que al banco no le basta con el pisito. Resultado: una deuda de por vida de la que dificilmente podrá recuperarse.

Un juzgado de Barcelona y la Audiencia Provincial de Navarra han sentenciado en estos días que querer cobrar las deudas por encima de todo tiene un límite. Llama la atención que ambos casos tenían como protagonistas a personas mayores ya jubiladas. Quizás lo mejor de estas decisiones judiciales es que dice a bancos y acreedores que las deudas no pueden convertirse en purgatorios y que resulta moralmente rechazable axfisiar a unos ciudadanos que, en gran medida, están en crisis por la mala gestión de las grandes entidades financieras. Seguro que este tipo de sentencias no se van a multiplicar, pero algo es algo.

Y para no perder la sonrisa, también la semana pasada me llamó la atención la creatividad y el arte del colectivo flo6x8 que denuncia la crisis con flamenco. Con ellos os dejo: “Banquero, banquero, banquero, tú tienes cartera, yo tengo un florero. Banquero, banquero, banquero, tú tienes billetes y yo un agujero”.


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