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Comprar, tirar, comprar

Imagen del vertedero tecnológico de Agbogbloshie en Ghana del fotógrafo Álvaro Ybarra Zavala

Imagen de Álvaro Ybarra Zabala para la revista XLSemanal (julio 2010)

La semana pasada La2 ofreció un espectacular reportaje sobre la obsolescencia programada, un término que suena fatal, la verdad, pero que no es más el nombre fino de eso que nuestros padres (y muchas veces nosotros mismos) hemos expresado coloquialmente: parece que los productos que nos rodean están fabricados para no durar demasiado.

‘Comprar, tirar, comprar’ de Cosima Dannoritzer convierte esa sensación, ese parecer en realidad y detalla el proceso por el cual los fabricantes de tecnología deciden qué tiempo exacto van a funcionar nuestros móviles, impresoras, ordenadores, televisores, lavadoras y un largo etcétera.

Y si esa parte del reportaje es realmente interesante, lo que acaba de poner los pelos de punta es descubrir lo que se hace con todos esos desechos tecnológicos. ¿Lo adivináis? Sí, también van a países en vías de desarrollo. Un ejemplo es el cementerio de Agbogbloshie, en Ghana. La e-basura (colada en el país como productos de segunda mano) campa a sus anchas con el obvio desastre medioambiental.

Lejos de dar la imagen de que no se puede luchar contra esa obsolescencia programada, el trabajo de Dannoritzer llama a la acción. Frente a los dictados de la industria, todavía se puede hacer una rebelión personal. Frente al crecimiento, decrecimiento. ¿Necesitamos todo lo que tenemos? ¿Debemos cambiar de teléfono móvil cada dos años? ¿Podemos reparar muchas de las cosas que desechamos como inservibles?

Mientras le dais algunas vueltas a estas preguntas (y espero se os ocurran nuevas), os invito a que veais el reportaje. A disfrutar.


Las compras justas

Café de comercio justo

Café de comercio justo

Circunstancias profesionales me han hecho informarme sobre  comercio justo, algo sobre lo que, como muchos, reducía al café, chocolate, galletas y palmitos. Soy una persona normal, no más solidaria que el resto, ni más concienciada, ni más comprometida, pero hoy no he podido dejar de preguntarme dónde se ha hecho la ropa que llevo, cuántos críos habrán confeccionado mis playeras deportivas, esas que consigo a precio de ganga porque la crisis aprieta y hay que ahorrar. Me he preguntado a qué precios pagan otros mi 3×2 en el supermercado y cuántas horas de trabajo rídiculamente pagado hay concentrado en la onza de chocolate que me he tomado a media tarde. Y sinceramente, me he sentido mal.

Posiblemente nada de esto cambie radicalmente mis hábitos de compra y muchos que me lean estarán pensando que me meta mis quejas de opulenta con remordimientos de conciencia por el culo y seguramente llevarán toda la razón. Pero no he podido evitar sentirme mal. Así que por lo menos a partir de ahora, pensaré si realmente me hace falta otro pantalón o puedo tirar con los que tengo, me preguntaré si es tan importante estrenar, reflexionaré porque a veces deseo un coche nuevo carísimo pero me parece carísima una lechuga proveniente de la agricultura ecológica. Me cuestionaré si el medio ambiente soportará MI modelo actual de consumo. Leeré las etiquetas de los productos de las tiendas de comercio justo primero y el precio después. Y sobre todo desterraré la idea de que cuando compro un producto de comercio justo ayudo a alguien porque en realidad me estoy ayudando a misma.


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